- Señor Presidente, ¿puedo insultar su honor por $80,000,000?
- Sí, esa sería una cifra justa.
- ¿Y lo podría insultar por $1?
- ¿Qué clase de persona cree que soy?
- Bueno, está claro que es de aquellas personas cuyo honor tiene precio. Ahora solo discutimos la cantidad en que se fija.
La interpretación anterior es una adaptación tomada de un famoso diálogo que algunos atribuyen a Winston Churchill, otros a Marx Groucho y la mayoría a Bernard Shaw.
El texto original (con las obvias diferencias provocadas por la traducción y el paso del tiempo) es así:
- Señora, ¿se iría usted conmigo a la cama por £1,000,000?
- ¡Dios mío! Bueno, lo pensaría.
- ¿Y vendría conmigo a la cama a cambio de £1?
- ¡Desde luego que no! ¿Qué clase de mujer cree que soy?
- Señora, eso ya ha quedado claro. Ahora solo estamos regateando el precio.
…¡Pero qué bien se adecua al entorno del honor del Presidente!
Curiosamente, en repetidas ocasiones amigos, colegas y alumnos me han preguntado en cuánto fijaría yo una indemnización para el caso que alguien insultara mi honor, destacando que en los últimos días la referida pregunta se me ha formulado con mayor frecuencia. Absolutamente convencido, siempre he respondido lo mismo: mi honor no tiene precio. No pediría ni un centavo como indemnización.
Claro que ello no implica que no perseguiría un castigo en contra de quien me atacara de esa manera, pues, el honor está protegido por el derecho y, por tanto, su irrespeto debe ser castigado por la justicia.
Pero una cosa es la pena, castigo o sanción, y otra --muy distinta--, la indemnización por el daño causado.
La pena, por su parte, consiste generalmente en prisión, reclusión o una multa. Es la sanción coercitiva que establece la ley e impone el juez que ha conocido los detalles del proceso.
La indemnización, en cambio, tiene un sentido absolutamente reparador, pretendiendo retrotraer las cosas al estado en que se encontraban antes de que se hubiere cometido el ilícito.
Por ello, una cosa es perseguir una indemnización como consecuencia de algún robo que se hubiere perpetrado en nuestra contra, pues, será sencillo determinar cuánto dinero se necesitaría para regresar las cosas a la manera como estaban antes, y otra cosa sería pretender llegar a ese estado anterior para el caso de un asesinato, por ejemplo, pues, ninguna suma monetaria revivirá al muerto.
No se me malinterprete. Tampoco pretendo que en los casos en que no se puede regresar al estado en que se encontraban antes las cosas no debiera exigirse una indemnización, además de la pena, pues, sin perjuicio de no poder “revivir al muerto”, la indemnización también está concebida como un elemento que sirve para aligerar la carga que elocuentemente ocasiona el delito, como gastos médicos, gastos fúnebres, atención psicológica de los sobrevivientes, etcétera.
En ese orden de ideas ronda el tema del honor, ya que, de ninguna manera, el dinero podrá regresarnos el honor vulnerado, pero sí serviría para atender, por ejemplo, el trauma psicológico que se hubiere causado (claro, dependiendo de lo sólido o frágil que sea el carácter del ofendido).
Así las cosas, y suponiendo que un insulto al Presidente no tendría porqué llevarlo a tratamientos psicológicos, resulta --por decir lo menos-- penoso llegar a la conclusión que el honor del Presidente tiene precio, pues, sin olvidar que la indemnización lo que busca es reparar el daño causado, el de la injuria no se repararía con ninguna suma de dinero… ¡Qué vergüenza que siento al tener que reconocer que ése es “mi Presidente”!
¿No sería mejor que el Presidente se tome un tiempo para forjar su carácter, de manera tal que se convierta en uno de aquellos hombres trascendentales que tienen un honor intachable (y, consecuentemente, incuantificable)?
Para concluir, quiero dejar expresa constancia (para evitar que algún mentecato me saque de contexto) que de ninguna manera he dado a entender que el dizque irrespeto al honor del Presidente en el caso del diario El Universo sea cierto, ni que tenga él algún derecho con base en la --con el perdón de Mario Moreno-- cantinflesca querella que ha presentado en su contra y, en contra del editor y de sus directores: aún no he perdido la cordura y el juicio para pensar o transmitir semejante estupidez.
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