martes, 26 de julio de 2011

¿Y NO DIZQUE LA JUSTICIA ESTABA CORROMPIDA?


Recuerdo muy claramente que la premisa principal por virtud de la cual el Presidente Rafael Correa concluyó como prudente consultarnos si queríamos cambios en la Función Judicial, fue la putrefacción que carcome a esa función del Estado, tildando más de una vez a los jueces –en un sentido general—como corruptos.

Ello lo llevó a decir que –para bien, supuestamente—iba a “meter la mano” en la justicia y liberarla de la corrupción, poniendo en los cargos de jueces a personas absolutamente probas y académicamente merecedoras de tan alto grado.

Pero ahora, me cuesta mucho entender de dónde ha sacado el Presidente esa aparentemente falsa idea de una justicia corrompida, ya que las veces que él ha tenido que acudir a ella, ésta lo ha tratado como a un rey, con la mayor agilidad y, según él, de la manera más apegada a derecho posible.

¿Por qué para el Presidente la justicia es corrupta, pero cuando es él quien la ha utilizado como vía para corregir algún supuesto ilícito en su contra, resulta que es digna de los altares?

Por lo pronto, me parece que el Presidente debería cambiar su discurso, y reconocer que la justicia, cuando debe resolver sobre asuntos de interés de cualquier ciudadano, es de lo peor, pero que esa misma justicia, cuando debe resolver asuntos que le interesan a él, resulta que es modelo de niveles internacionales.

¿O será que la sentencia que ahora ha obtenido en el caso de El Universo es también consecuencia de la corrupción de la justicia que él siempre ha criticado, pero que esta vez jugó a su favor, y él es parte de la corrupción?

En este orden de ideas, la Asociación Ecuatoriana de Editores de Periódicos (AEDEP) –entre muchos otros organismos y sectores—criticó la sentencia dictada dentro del juicio al que me refiero, destacando que en ella se evidencia una manipulación de la justicia. Por ello, el Presidente ha exigido a dicha organización probar sus afirmaciones…

Sin embargo, y en aplicación por analogía del aforismo latino que reza nulla est major probatio, cuam evidentia rei (no hay mayor prueba que la evidencia de la cosa), me atrevo a decir que la sentencia en cuestión, sin lugar a dudas, refleja –por lo menos—una justicia con dedicatoria: al juez Paredes solo le faltó remitir una copia de la sentencia a Carondelet, junto con una caja de bombones…

Y lo dicho me resulta evidente, quizá con mayor facilidad que para otros, porque mi condición de abogado me ha permitido con el tiempo conocer cómo se maneja la justicia en mi país, con ocasión de lo cual puedo pensar que una sentencia de más de 150 páginas, analizada, redactada y revisada en menos de 24 horas –por decir lo menos—apesta… y muy feo. Con mayor razón si consideramos que el juez Paredes, desde su despacho original, como Juez del cantón Milagro, muy rara vez, en su vida, habrá expedido una sentencia de más de 6 páginas.

Sería interesante hacer una comparación entre el tiempo promedio en que el juez Paredes tramita los demás juicios a su cargo y la dimensión de las sentencias dictadas en esos casos, y el tiempo que se tomó para resolver éste y lo extenso de la sentencia… Ahí están las pruebas que el Presidente le ha exigido a AEDEP.

El sol no se tapa con un dedo…

martes, 19 de julio de 2011

¿A cuánto está el honor del Presidente en estos días?


- Señor Presidente, ¿puedo insultar su honor por $80,000,000?
- Sí, esa sería una cifra justa.
- ¿Y lo podría insultar por $1?
- ¿Qué clase de persona cree que soy?
- Bueno, está claro que es de aquellas personas cuyo honor tiene precio. Ahora solo discutimos la cantidad en que se fija.

La interpretación anterior es una adaptación tomada de un famoso diálogo que algunos atribuyen a Winston Churchill, otros a Marx Groucho y la mayoría a Bernard Shaw.

El texto original (con las obvias diferencias provocadas por la traducción y el paso del tiempo) es así:

- Señora, ¿se iría usted conmigo a la cama por £1,000,000?
- ¡Dios mío! Bueno, lo pensaría.
- ¿Y vendría conmigo a la cama a cambio de £1?
- ¡Desde luego que no! ¿Qué clase de mujer cree que soy?
- Señora, eso ya ha quedado claro. Ahora solo estamos regateando el precio.

…¡Pero qué bien se adecua al entorno del honor del Presidente!

Curiosamente, en repetidas ocasiones amigos, colegas y alumnos me han preguntado en cuánto fijaría yo una indemnización para el caso que alguien insultara mi honor, destacando que en los últimos días la referida pregunta se me ha formulado con mayor frecuencia. Absolutamente convencido, siempre he respondido lo mismo: mi honor no tiene precio. No pediría ni un centavo como indemnización.

Claro que ello no implica que no perseguiría un castigo en contra de quien me atacara de esa manera, pues, el honor está protegido por el derecho y, por tanto, su irrespeto debe ser castigado por la justicia.

Pero una cosa es la pena, castigo o sanción, y otra --muy distinta--, la indemnización por el daño causado.

La pena, por su parte, consiste generalmente en prisión, reclusión o una multa. Es la sanción coercitiva que establece la ley e impone el juez que ha conocido los detalles del proceso.

La indemnización, en cambio, tiene un sentido absolutamente reparador, pretendiendo retrotraer las cosas al estado en que se encontraban antes de que se hubiere cometido el ilícito.

Por ello, una cosa es perseguir una indemnización como consecuencia de algún robo que se hubiere perpetrado en nuestra contra, pues, será sencillo determinar cuánto dinero se necesitaría para regresar las cosas a la manera como estaban antes, y otra cosa sería pretender llegar a ese estado anterior para el caso de un asesinato, por ejemplo, pues, ninguna suma monetaria revivirá al muerto.

No se me malinterprete. Tampoco pretendo que en los casos en que no se puede regresar al estado en que se encontraban antes las cosas no debiera exigirse una indemnización, además de la pena, pues, sin perjuicio de no poder “revivir al muerto”, la indemnización también está concebida como un elemento que sirve para aligerar la carga que elocuentemente ocasiona el delito, como gastos médicos, gastos fúnebres, atención psicológica de los sobrevivientes, etcétera.

En ese orden de ideas ronda el tema del honor, ya que, de ninguna manera, el dinero podrá regresarnos el honor vulnerado, pero sí serviría para atender, por ejemplo, el trauma psicológico que se hubiere causado (claro, dependiendo de lo sólido o frágil que sea el carácter del ofendido).

Así las cosas, y suponiendo que un insulto al Presidente no tendría porqué llevarlo a tratamientos psicológicos, resulta --por decir lo menos-- penoso llegar a la conclusión que el honor del Presidente tiene precio, pues, sin olvidar que la indemnización lo que busca es reparar el daño causado, el de la injuria no se repararía con ninguna suma de dinero… ¡Qué vergüenza que siento al tener que reconocer que ése es “mi Presidente”!

¿No sería mejor que el Presidente se tome un tiempo para forjar su carácter, de manera tal que se convierta en uno de aquellos hombres trascendentales que tienen un honor intachable (y, consecuentemente, incuantificable)?

Para concluir, quiero dejar expresa constancia (para evitar que algún mentecato me saque de contexto) que de ninguna manera he dado a entender que el dizque irrespeto al honor del Presidente en el caso del diario El Universo sea cierto, ni que tenga él algún derecho con base en la --con el perdón de Mario Moreno-- cantinflesca querella que ha presentado en su contra y, en contra del editor y de sus directores: aún no he perdido la cordura y el juicio para pensar o transmitir semejante estupidez.